Conviene empezar por lo elemental, ser ministro no cancela la condición de padre, esposo o hijo. Beltrán tiene derecho a encontrarse con su familia y no es razonable exigirle que abandone su vida privada. Tampoco está probado, con la información pública disponible, que haya dejado de cumplir sus funciones. El ministro negó haber abandonado sus responsabilidades y afirmó que viajó para visitar a su esposa e hijos durante las vacaciones de estos. También sostuvo que su despacho recorría municipios afectados y estructuraba un plan de atención en tres fases: caracterización de damnificados, subsidios de arrendamiento y mejoramientos, y una etapa posterior de renovación urbana y reconstrucción.

Pero una defensa puede ser válida y políticamente torpe. El problema no es que Beltrán haya querido ver a su familia. El problema es el momento, el escenario y la exposición. Cuando la cartera que dirige debe responder por miles de hogares afectados, la imagen de su titular en la playa no se recibe como una escena familiar: se convierte en un mensaje sobre prioridades. En política, especialmente durante una emergencia, el mensaje no lo controla únicamente quien publica la fotografía.

El balance entregado por el presidente en su alocución del 17 de agosto permite entender la dimensión del momento: 450 municipios afectados en 15 departamentos, aproximadamente un tercio del país, 289 personas fallecidas, 4.187 heridas, 143 desaparecidas y más de 120.328 familias damnificadas. Frente a semejante realidad, cualquier imagen de descanso de un ministro directamente relacionado con la respuesta habitacional queda sometida a un escrutinio inevitable.

La ciudadanía no siempre cuestiona el descanso; cuestiona la desconexión simbólica. Puede ser cierto que el funcionario haya trabajado antes o durante el viaje. Pero si su comunicación pública muestra descanso mientras la emergencia domina la conversación nacional, la explicación posterior llega tarde. La autoridad exige leer el ambiente antes de exponerse.

También hay detalles que se deben cuidar. No se les pide a los ministros utilizar recursos públicos para movilizar a sus familias; ni más faltaba. La vida familiar de los servidores públicos debe respetarse y los gastos privados deben estar separados de los recursos del Estado. Pero hay formas de transmitir los mensajes y de conectar con la ciudadanía.

El ejemplo del presidente resulta ilustrativo. Abelardo De La Espriella llegó a Buenaventura acompañado de la primera dama y sus hijos para continuar el recorrido por las zonas afectadas y hacer seguimiento a la atención de la emergencia. Esa escena deja varias lecturas: un padre presente, un ejemplo para sus hijos, una familia que expresa solidaridad y un mandatario conectado con la realidad del país, aun cuando también tiene responsabilidades familiares.

Beltrán “dio papaya”, para decirlo en lenguaje coloquial. No por abrazar a sus hijos, sino por permitir que una imagen privada se volviera una imagen pública de descanso en el peor momento posible. En una crisis, el poder debe administrar acciones y apariencias. La transparencia exige hacer verificable la presencia institucional y poner primero a las víctimas en la escena pública.

Por eso, no se trata de pedir que todo funcionario renuncie a su familia ni de convertir una foto en prueba automática de abandono. La pregunta es: ¿qué hizo el ministro, cuándo lo hizo, cómo coordinó la respuesta y qué resultados produjo mientras circulaban esas imágenes? Esa es la materia de una citación en la Cámara y, si corresponde, de una moción de censura; no el puritanismo sobre la vida privada.

Beltrán pudo encontrarse con su familia en Santa Marta. Lo que debió evitar fue convertir ese encuentro en una postal de descanso cuando el país buscaba señales de conducción. No se trata de exigir santos, sino criterio: la familia merece presencia, pero la emergencia exige presencia institucional. En Buenaventura, la familia presidencial apareció integrada a una acción de gobierno y a una señal de solidaridad. En Santa Marta, las imágenes del ministro produjeron la lectura contraria.

Por las imágenes que se hicieron visibles, el ministro Beltrán se veía enfocado en su celular. Al parecer coordinando actividades e impartiendo instrucciones. Tal vez su encuentro familiar estaba planeado. Una responsabilidad pública también consiste en saber cuándo una fotografía puede deshacer el trabajo de varios días. En política, una imagen puede pesar más que una semana de trabajo.

La familia merece presencia. La emergencia exige presencia institucional.